Semblanza de Francisco Giner de los Ríos
Sebastián Gámez Millán
Francisco Giner de los Ríos, 2025, Florencio Maíllo.
La educación como motor de progreso
Ahora que se cumplen 150 años de la Institución Libre de Enseñanza conviene recordarlo, y más aún a la luz de los resultados de los informes PISA. Al menos desde la Ilustración se ha insistido en la idea de que a través de la educación-formación pueden prosperar tanto las personas como el espacio público. En la historia de España quizá nadie haya encarnado esta idea con tanto ímpetu, entrega e integridad como el filósofo, pedagogo y ensayista Francisco Giner de los Ríos, creador y director de la Institución Libre de Enseñanza (ILE) e impulsor de proyectos afines y complementarios, como el Museo Pedagógico Nacional (1882-1941), la Junta para Ampliación de Estudios (1907-1938), la Residencia de Estudiantes (1910-1939), las Misiones Pedagógicas (1931-1937) o las Colonias Escolares.
La regeneración del país a través de la educación
Inspirándose en el krausismo, del que “aprendió la tolerancia, el culto a la razón y a la ciencia, la integridad moral y el liberalismo político genuino”, según Francisco José Laporta, Giner de los Ríos quería regenerar el país a través de las conciencias, bajo la convicción de que las reformas progresistas no provienen de las rebeliones ni de las guerras, sino más bien de la revolución de las conciencias. Por eso quería crear seres íntegros y cultos.
Francisco Giner de los Ríos visto por sus contemporáneos
¿Cómo era Francisco Giner de los Ríos? Recogeré aquí fragmentos de las semblanzas de Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez y Unamuno, por este orden: “Era don Francisco Giner un hombre incapaz de mentir e incapaz de callar la verdad (…). Carecía de vanidades, pero no de orgullo; convencido de ser, desdeñaba el aparentar. Era sencillo, austero hasta la santidad, amigo de las proporciones justas y de las medidas cabales. (…) se adueñaba de los espíritus por la libertad y por el amor. Toda la España viva, joven y fecunda acabó por agruparse en torno al imán invisible de aquél alma tan fuerte y tan pura”.
“Bueno, sin duda, mejor que bondadoso; buenísimo; pero por gusto, por embriaguez verdadera, por arranque de enamorado, por dolor y por remordimientos totales (…) En todo era todo en él: niño en el niño, mujer en la mujer, hombre como cada hombre, el joven, el enfermo, el listo, el peor, el sano, el viejo, el inocente; y árbol en el paisaje, pájaro y flor, y, más que nada, luz, graciosa luz, luz”.
Y el de Unamuno, que se autorretrata a través de Giner de los Ríos: “nuestro Sócrates español, aquel supremo partero de las mentes ajenas. Y después de una de aquellas intensas charlas con él volvíamos a casa (…) con nuestras propias ideas, antes turbias, aclaradas ahora, habiendo descubierto en nosotros puntos de vista que ignorábamos antes, conociéndonos mejor y conociendo mejor nuestros propios pensamientos (…) Este era el maestro”.
El método de enseñanza
Respecto al método de enseñanza, se empleaba el denominado “método intuitivo”, que oscila entre la filosofía socrática y la práctica franciscana. El maestro influye en sus alumnos por su conocimiento, por su amor y, en suma, por su autoridad, no por su autoritarismo. No se estudiaba para examinarse, que puede instrumentalizar en exceso el aprendizaje. En cambio, eran frecuentes las excursiones al campo, a museos, a fábricas, etc. con el fin de gozar y descubrir, contagiar la curiosidad y el deseo de aprender. Se trata de encender la llama “interior” de cada uno. Concluyamos cediéndola la palabra, con la esperanza de encontrar luz e inspiración en su obra: “Se nos enseñan muchas cosas, menos a pensar ni a vivir”.


