Toral, la educación, el horizonte

Ahora que no está de moda la denominada cultura del esfuerzo ni el aprendizaje de memoria –es fundamental distinguir entre aprender al pie de la letra, y la memoria, que es esencial para aprender y retener lo aprendido: sin memoria no hay nada–; ahora que no pocas personas dudan de la educación como ascensor social y que la llamada inteligencia artificial puede cambiar cómo aprendemos, quiero recordar un ejemplo paradigmático de cómo la formación puede abrir el horizonte de posibilidades de una vida de forma insustituible.

La historia de un niño que se crió en una choza al cuidado de su padre, carbonero, abandonado por su madre. La choza era tan humilde que se sentaban en piedras porque carecían de sillas. En su reciente discurso de ingreso en la Real Academia de San Telmo, Cristóbal Toral (Antequera, 1940) confesaba que “con la perspectiva que dan los años, pienso que, al contrario de los niños de mi edad que estudiaron en las aulas de los colegios y que conocían la realidad a través de libros y pizarras, yo tuve la ventaja de conocer y convivir con la naturaleza. En efecto, no hice un bachillerato convencional, pero sí un aprendizaje virgiliano que, en estos tiempos virtuales, supone una eficaz vacuna para seguir conectado con la realidad”.

No obstante, Cristóbal Toral terminó los estudios en la Real Academia de San Fernando de Madrid con Premio Nacional Fin de Carrera, es decir, con el mejor expediente académico de su promoción entre todas las facultades de Bellas Artes de España. En la actualidad tenemos serias dificultades para mantenernos conectados con la realidad: los teléfonos móviles y las redes sociales nos interrumpen continuamente de nuestros deberes, hasta el punto de que no pocas veces perdemos de vista nuestros objetivos y permanecemos ensimismados en las pantallas. Por no hablar de nuestra capacidad de atención y concentración, que parecen estar mutando. Como señalaba El Roto con motivo de la feria del libro de Madrid en una de sus reveladoras viñetas publicadas en El País: “Antes leía las solapas, ahora ya sólo me da tiempo a leer los lomos”. ¿No es paradójico que la tecnología, que nos ahorra tiempo, a la vez nos lo roba?

Volviendo al asunto que nos ocupa, me pregunto: ¿hubiera podido aquel niño ascender sin la educación que recibió y, sobre todo, supo darse? Permítanme albergar los beneficios de la duda. Educar es, en primer lugar, querer educarse, y sin ello poco o casi nada puede hacer un maestro. A la vista está cómo algunos aprovechan su paso por las instituciones educativas y cómo otros malgastan el tiempo, a pesar de que no les faltan capacidades y de las oportunidades que se les brindan. Pero quizá los recibimos en los peores años de su vida, en la confusa adolescencia. Además, a la luz de distintos testimonios de la historia desde la antigua Grecia hasta hoy, se diría que la educación es un fenómeno permanentemente en crisis. Y no sé si está bien que así sea: sin cierta insatisfacción no sé si lograríamos mejorar.

Con su discurso Toral demostró a los 85 años que no sólo supo darse esa educación, sino que se mantiene combativo y en forma intelectual, cuestionando conceptos casi sagrados como “vanguardia”, “globalización” o “mercado” y denunciando el “malinchismo”, término mexicano que describe la preferencia de lo extranjero en detrimento de lo nacional, no por el hecho de que posea más valor artístico o sea más universal, sino simplemente por ser foráneo, aspecto que sin duda ha perjudicado y sigue haciéndolo a la cultura hispánica. Y vaya por delante que entiendo las culturas en constante diálogo intercultural o transcultural, no de modo necionalista o cosmopaleta, si me permiten los neologismos.

Cristóbal Toral, que ha recibido por su trayectoria artística la Medalla de Andalucía, la Medalla de Oro de Málaga y la de Antequera, entre otros reconocimientos, visitó el Museo Andaluz de la Educación (MAE) el 23 de Mayo de 2025 guiado por su principal responsable, José Antonio Mañas. Era sorprendente la atención que mantenía el pintor a sus 85 años y la complicidad que surgió entre el ingeniero y el artista. En un momento Mañas le mostró una vieja enciclopedia y Toral, emocionado, declaró: “¡qué maravilla!”. Había reconocido el regalo que le hizo su padre. Este es otro arte, el del tiempo acumulado en un objeto que de repente despierta en nosotros una lluvia de recuerdos y vivencias. “¿Es el amor el tiempo huido?”, se preguntaba el poeta José Hierro.

Además de estar organizado desde una perspectiva histórica, y por áreas, disciplinas y temas, una de las estrategias retóricas del Museo Andaluz de la Educación es suscitar en los visitantes el encuentro a veces inesperado con objetos de la educación que te interpelan de manera afectiva y efectiva por medio de la memoria sentimental. Adentrándose en un espacio que reconstruye una clase de otra época, Cristóbal Toral se sentó en una silla, al lado de una pizarra, donde todavía se lee: “La paciencia es la madre de la ciencia”. Con la proliferación de las tecnologías, que nos responden inmediatamente a golpe de clic, ¿no estamos perdiendo paciencia para aprender y hacer las cosas por nosotros mismos, de modo autónomo, con el debido cuidado? Como criticaba el añorado Nuccio Ordine en La utilidad de lo inútil, en la globalización utilitaria predomina la producción, sea como sea, en lugar de una producción racional y razonable con mayor calidad dirigida a fines humanos y civilizados.

Por cierto, a pesar de que muchas personas le decían a Cristóbal Toral y a su padre que no podría vivir del arte y de la pintura, el padre y el niño no dejaron de cuidar y animar los sueños del hijo, sueños que acabaron por darle la razón. Es importante que lo recuerden los padres y que el sistema educativo emplee más medios y tiempo en descubrir las vocaciones. Una vez descubiertas, los niños juegan y trabajan solos. No lo olvidemos: la educación es, en metáfora de Toral, “el abono para que crezcan las personas y las sociedades”.

Nota Curricular

Sebastián Gámez Millán (Málaga, 1981) es licenciado y doctor en Filosofía por la UMA con la tesis La función del arte de la palabra en la interpretación y transformación del sujeto. Es jefe del Departamento de Filosofía del IES Valle del Azahar (Cártama). Ha sido profesor-tutor de Historia de la Filosofía Moderna y Contemporánea y de Éticas Contemporáneas en la UNED de Guadalajara. Desde noviembre de 2022 es vocal de la Asociación de Filosofía de Andalucía (AAFI) por Málaga. Y en junio de 2023 fue elegido Director de Sur. Revista de Literatura.

Ha participado en más de treinta congresos nacionales e internacionales y ha publicado más de 500 artículos y ensayos sobre filosofía, antropología, teoría del arte, estética, literatura, ética y política. Es autor de Cien filósofos y pensadores españoles y latinoamericanos (Ilusbooks, Madrid, 2016), Conocerte a través del arte (Ilusbooks, Madrid, 2018), Meditaciones de Ronda (Anáfora, Málaga, 2020), Cuanto sé de Eros. Concepciones del amor en la poesía hispanoamericana contemporánea (UNED, Madrid, 2022; Algorfa, 2024) y Metamorfosis de Picasso (Galería Benedito, 2023). Ha colaborado con artículos y prólogos en más de 20 libros, entre los cuales cabe mencionar: Ensayos sobre Albert Camus (2015), La imagen del ser humano. Historia, literatura, hermenéutica (Biblioteca Nueva, 2011), La filosofía y la identidad europea (Pre-textos, 2010), Filosofía y política en el siglo XXI. Europa y el nuevo orden cosmopolita (Akal, 2009). Ha ejercido de comisario de la exposición “Cristóbal Toral: una aventura creadora” (2022), en el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga y “Pedro Escalona: el presente del pasado” (2024), en la Colección Museográfica de Cártama y “Música callada: esculturas y pinturas de Rafael Heredia Cuevas” (2025), en el Centro de Arte Contemporáneo de Vélez Málaga.

Escribe habitualmente en diferentes medios de comunicación (Descubrir el Arte, Muy Interesante, Café Montaigne. Revista de Artes y Pensamiento,  Sur. Revista de Literatura, Diario Sur, MAE (Museo Andaluz de la Educación)…) sobre temas de actualidad, educativos, filosóficos, literarios, artísticos y científicos. Le han concedido cinco premios de ensayo, cuatro de poesía y uno de microrrelatos, entre ellos el premio de Divulgación Científica del Ateneo-UMA (2016) y la Beca de Investigación Miguel Fernández (2019).