Valores de las ciencias

Si la verdad siempre está en el horizonte y nosotros en el camino es gracias al goce intelectual, que nos impulsa a una búsqueda sin término.

Sebastián Gámez Millán

A diferencia del resto de especies biológicas, los seres humanos carecemos de hábitat: además de a nuestra habilidad de cooperar, esta sorprendente capacidad de adaptación, supervivencia se debe a la tecno-ciencia. Ante las adversidades del medio, sean depredadores o el clima, elaboramos estrategias y armas, nos abrigamos, encendemos fuego, construimos refugios… De modo que con ello adaptamos el mundo a nosotros. Es paradójico que la tecno-ciencia a veces no se considere cultura cuando hay pocas prácticas que puedan comparársele en su poder de transformar el mundo.

Hacia los albores de la modernidad aconteció una revolución científica y un consiguiente cambio de paradigma: del geocentrismo, con la tierra inmóvil en el centro del universo y todos los astros girando alrededor, en un cosmos finito, al heliocentrismo, con el sol en el centro del sistema solar, en un universo infinito, idea acorde con lo que postulaba Giordano Bruno, quemado en la hoguera por defender herejías.

Según José Manuel Sánchez Ron, “competir, liderar, ser los primeros, es particularmente importante en la ciencia, porque desde hace tiempo –como mínimo desde el siglo XIX–, la ciencia, además de conocimiento, es un instrumento esencial para el bienestar económico-industrial de una nación con pretensiones de ser algo más que “un país de servicios”. En el mundo actual la riqueza ya no depende tanto de las materias primas disponibles como de la transformación del conocimiento científico en “utilidades””. Eso sí, no confundamos precio y valor.

Como ha señalado el Catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia, Antonio Diéguez, “la tecnología –ciencia aplicada– es causa y soporte fundamental de la situación en la que se encuentra hoy la humanidad. Es a ella a quien debemos en gran medida el enorme progreso en el bienestar y de prosperidad económica que viene dándose al menos desde mitad del siglo XIX, y es ella la que ha posibilitado la eliminación o disminución de algunos de los grandes males que nos han aquejado durante nuestra historia, como las hambrunas o la esperanza de vida”.

Naturalmente, esto no significa que nos desentendamos de ella. Al igual que con la política, su curso será más democrático y beneficioso para el conjunto de la humanidad mientras más formados e informados estemos, mientras conscientes y consecuentes seamos sobre su actividad. En contra de lo que acostumbra a creerse, las ciencias no son neutrales desde una perspectiva axiológica. Como Albert Einstein tras comprobar los efectos devastadores de la bomba atómica, al final de sus memorias, ¿Qué te importa lo que piensen los demás?, movido por la pregunta: “¿qué valor tiene la ciencia a la que me había consagrado –lo que yo amaba–, después de ver las cosas tan terribles que podía hacer?”, el científico Richard Feynman escribió “El valor de la ciencia”.

En el día internacional de las ciencias quiero recordar algunos valores esenciales de la antigua república de las artes y las ciencias a partir de este memorable ensayo. El primero que resaltaré es “el gozo intelectual”: sin el deseo de conocer, sin la emoción de experimentar, sin el placer de descubrir, sin la dicha de entender, el conocimiento se paralizaría. Si la verdad siempre está en el horizonte y nosotros en el camino es gracias al goce intelectual, que nos impulsa a una búsqueda sin término.

Y, en contra de una visión positivista, reduccionista y cientificista, Feynman sostiene que “con el mayor conocimiento llega un misterio más profundo y maravilloso, que nos incita a penetrar en él más hondamente todavía”. Bien comprendido, el misterio no es un límite intelectual, sino un acicate incesante, como la admiración, el asombro, la pregunta, la duda. El físico añadía que “hemos descubierto que para poder progresar es de fundamental importancia saber reconocer nuestra ignorancia y dejar lugar a la duda”.

Reconocer nuestra ignorancia, una y otra vez, interminablemente, es una de las enseñanzas imperecederas de Sócrates, cuyas preguntas apuntaban hacia los universales, que es otro requisito indispensable de las ciencias, pues no hay ciencia de lo particular. Respecto a la duda, quizá nadie la haya encarnado de forma tan paradigmática como Descartes cuando la emplea como método para encontrar una certeza indubitable. Tengo para mí que lo característico de la filosofía, las artes y las ciencias es el escepticismo moderado, no el radical, que puede condenarnos a la esterilidad, al nihilismo.

“Es responsabilidad nuestra como científicos, concluía Feynman, sabedores del gran progreso que emana de una satisfactoria filosofía de la ignorancia, del gran progreso que es fruto de la libertad de pensamiento, proclamar el valor de esta libertad; enseñar que la duda no ha de ser temida, sino bienvenida y discutida, y exigir esta libertad como deber nuestro hacia todas las generaciones venideras”. ¿Sabremos estar a la altura?

Nota Curricular

Sebastián Gámez Millán (Málaga, 1981) es licenciado y doctor en Filosofía por la UMA con la tesis La función del arte de la palabra en la interpretación y transformación del sujeto. Es jefe del Departamento de Filosofía del IES Valle del Azahar (Cártama). Ha sido profesor-tutor de Historia de la Filosofía Moderna y Contemporánea y de Éticas Contemporáneas en la UNED de Guadalajara. Desde noviembre de 2022 es vocal de la Asociación de Filosofía de Andalucía (AAFI) por Málaga. Y en junio de 2023 fue elegido Director de Sur. Revista de Literatura.

Ha participado en más de treinta congresos nacionales e internacionales y ha publicado más de 500 artículos y ensayos sobre filosofía, antropología, teoría del arte, estética, literatura, ética y política. Es autor de Cien filósofos y pensadores españoles y latinoamericanos (Ilusbooks, Madrid, 2016), Conocerte a través del arte (Ilusbooks, Madrid, 2018), Meditaciones de Ronda (Anáfora, Málaga, 2020), Cuanto sé de Eros. Concepciones del amor en la poesía hispanoamericana contemporánea (UNED, Madrid, 2022; Algorfa, 2024) y Metamorfosis de Picasso (Galería Benedito, 2023). Ha colaborado con artículos y prólogos en más de 20 libros, entre los cuales cabe mencionar: Ensayos sobre Albert Camus (2015), La imagen del ser humano. Historia, literatura, hermenéutica (Biblioteca Nueva, 2011), La filosofía y la identidad europea (Pre-textos, 2010), Filosofía y política en el siglo XXI. Europa y el nuevo orden cosmopolita (Akal, 2009). Ha ejercido de comisario de la exposición “Cristóbal Toral: una aventura creadora” (2022), en el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga y “Pedro Escalona: el presente del pasado” (2024), en la Colección Museográfica de Cártama y “Música callada: esculturas y pinturas de Rafael Heredia Cuevas” (2025), en el Centro de Arte Contemporáneo de Vélez Málaga.

Escribe habitualmente en diferentes medios de comunicación (Descubrir el Arte, Muy Interesante, Café Montaigne. Revista de Artes y Pensamiento,  Sur. Revista de Literatura, Diario Sur, MAE (Museo Andaluz de la Educación)…) sobre temas de actualidad, educativos, filosóficos, literarios, artísticos y científicos. Le han concedido cinco premios de ensayo, cuatro de poesía y uno de microrrelatos, entre ellos el premio de Divulgación Científica del Ateneo-UMA (2016) y la Beca de Investigación Miguel Fernández (2019).