El 30 de enero celebramos el día internacional de la Paz. En realidad, es algo que debemos celebrar cada día y, sobre todo, cuidar y trabajar juntos para que se extienda por el planeta. Por eso, quiero recordar ahora a todas esas personas anónimas que no aparecen en las televisiones ni en los periódicos, que no reciben premios ni reconocimientos, pero que con sus pequeñas acciones diarias contribuyen a que el mundo sea un espacio más civilizado, habitable y bello.

Los justos

Un hombre que cultiva su jardín, como quería Voltaire.
El que agradece que en la tierra haya música.
El que descubre con placer una etimología.
Dos empleados que en un café del Sur juegan un silencioso ajedrez.
El ceramista que premedita un color y una forma.
El tipógrafo que compone bien esta página, que tal vez no le agrada.
Una mujer y un hombre que leen los tercetos finales de cierto canto.
El que acaricia a un animal dormido.
El que justifica o quiere justificar un mal que le han hecho.
El que agradece que en la tierra haya Stevenson.
El que prefiere que los otros tengan razón.
Esas personas, que se ignoran, están salvando el mundo.

Sin embargo, aunque no dejamos de agradecer la existencia de personas que actúan de forma justa y pacífica, no es suficiente. A menudo se producen en el mundo desórdenes sociales de tal magnitud que necesitamos a personas con el coraje de intervenir, con la valentía de prevenir la paz. Todos somos en variable medida cómplices y responsables de cuanto nos rodea. Esto es lo que se nos recuerda con el poema que el cartero de la biblioteca ha elegido a la entrada de la misma:

Primero vinieron por los socialistas, y yo no dije nada,
porque yo no era socialista.
Luego vinieron por los sindicalistas, y yo no dije nada,
porque yo no era sindicalista.
Luego vinieron por los judíos, y yo no dije nada,
porque yo no era judío.
Luego vinieron por mí, y no quedó nadie para hablar por mí.

Tolerar la intolerancia provoca intolerancia. No podemos permanecer cruzados de brazos cuando violan los derechos de los otros. Y no sólo porque un día ese otro podemos ser nosotros; somos cómplices y responsables de lo que hacemos y de lo que dejamos de hacer. Ayudar a los otros es ayudarnos a nosotros. Son las ideologías antihumanas las que propagan discursos que incendian de odio y rechazo, de violencia y exclusión, a los otros, a los diferentes. ¿Acaso no somos todos diferentes y, al mismo, tiempo semejantes, humanos?

Kant, que con la formulación del imperativo categórico, «actúa de tal modo que trates a los otros como fines y no meramente como medios», concibió el fundamento de los Derechos Humanos, fue quien más inteligentemente argumentó acerca de la paz, inspirando instituciones como la Organización de Naciones Unidas (ONU), a científicos geniales y pacifistas como Albert Einstein, que abogó por «la superación del temor y la desconfianza mutua», o a teólogos y pensadores como Hans Küng, que lleva décadas promoviendo un diálogo intercultural y que ha defendido que no es posible un orden mundial sin una ética mundial. Y que la condición básica para ello es que todo ser humano debe recibir un trato humano.

Asimismo, debemos comprometernos 1) a favor de una cultura de la no-violencia y respeto a toda vida; 2) a favor de una cultura de la solidaridad y de un orden económico justo; 3) a favor de una cultura de la tolerancia y un estilo de vida honrada y veraz; 4) a favor de una cultura de la igualdad. A lo que a estas alturas hay que añadir, 5) a favor del cuidado responsable y sostenible del planeta, que es la casa hemos sido invitados a la vida, donde hemos nacido y crecemos como humanos.

Por tanto, aunque vivamos rodeados de guerras de manera perpetua, debemos caminar hacia la paz, interminablemente. La paz es el valor de los valores, la condición de posibilidad de todos los demás valores. Sin paz no es posible la libertad ni la igualdad ni la justicia… Social ni individual. Sólo podemos desarrollarnos plenamente allí donde cultivamos la paz. ¿Seremos lo suficientemente inteligentes y valientes?

Sebastián Gámez Millán (Málaga, 1981)

Sebastián Gámez Millán (Málaga, 1981) es licenciado y doctor en Filosofía por la UMA con la tesis La función del arte de la palabra en la interpretación y transformación del sujeto. Ejerce como profesor de esta disciplina en el IES “Valle del Azahar” (Cártama Estación). Ha sido profesor-tutor de Historia de la Filosofía Moderna y Contemporánea y de Éticas Contemporáneas en la UNED de Guadalajara.

Ha participado en más de treinta congresos nacionales e internacionales y ha publicado más de 160 artículos y ensayos sobre filosofía, antropología, teoría del arte, estética, literatura, ética y política. Es autor de Cien filósofos y pensadores españoles y latinoamericanos (Ilusbooks, Madrid, 2016), y del reciente Conocerte a través del arte (Ilusbooks, Madrid, 2018). Ha colaborado con artículos en doce libros, entre los cuales cabe mencionar: Ensayos sobre Albert Camus (2015), La imagen del ser humano. Historia, literatura, hermenéutica (Biblioteca Nueva, 2011), La filosofía y la identidad europea (Pre-textos, 2010), Filosofía y política en el siglo XXI. Europa y el nuevo orden cosmopolita (Akal, 2009). Ha comisariado dos exposiciones de arte (La caverna de Platón y La torre de Montaigne), y una de fotografía (Lugares comunes), y escrito para numerosas exposiciones de artes.

Escribe habitualmente en diferentes medios de comunicación (Descubrir el Arte, Café Montaigne, Homonosapiens, Claves de la Razón Práctica, Sur. Revista de Literatura, CASC…) sobre temas de actualidad, educativos, filosóficos, literarios, artísticos y científicos. Le han concedido cinco premios de ensayo, cuatro de poesía y uno de microrrelatos, entre ellos el premio de Divulgación Científica del Ateneo-UMA (2016) por Un viaje por el tiempo.